José María MONTEALEGRE FERNÁNDEZ
José María MONTEALEGRE FERNÁNDEZ
Đóng Góp Bởi
Fuente Original:Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas
Bautizado el 1 de julio de 1815 en la Iglesia del Carmen, San José; su
padrino fue Manuel Alvarado Murió de un ataque al corazón el 26 de setiembre de 1887 en San Francisco, California, Estados Unidos. Fue sepultado en el Saint Joseph Cemetery, situado como a una milla de la Misión San José, sin embargo, sus restos se trasladaron al Pabellón de Expresidentes del Cementerio Jardines del Recuerdo, Heredia, Costa Rica en diciembre de 1978.
Su padre lo envió a estudiar a Europa en 1827,cuando apenas tenía 12 años, en compañía de su hermano Mariano, aprovechando la amistad y relación comercial que había logrado con los ingleses John Mair Gerard y Richard Trevithick, quienes
volvían a Inglaterra convencidos en conseguir fondos para emprender ambiciosos proyectos en Costa Rica; así se convirtieron en los primeros jóvenes costarricense que iban a realizar sus estudios a Europa. Saliendo por Sarapiquí hasta llegar al puerto
de San Juan del Norte, en una penosa travesía de tres semanas. A los días zarparon para Cartagena, donde conocieron a Robert Stephenson, hijo de George
Stephenson el constructor de la primera locomotora. Trevithick sale primero para Inglaterra pasando primero por Jamaica, mientras que los Montealegre y
Gerard se unen al grupo de Stephenson y zarpan hacia Nueva York, en un viaje turbulento en donde al final encallaron debiendo desalojar el barco. Llegados a
Nueva York recorren las Cataratas del Niágara y parte de Canadá antes de emprender el viaje a Inglaterra.
Por fin llegan al puerto de Liverpool el 16 de noviembre de 1827.
En Inglaterra sus protectores fueron Gerard y Stephenson ya que Trevithick muere al poco tiempo.
Los Montealegre empiezan sus estudios en una escuela de Highgate, cerca de Londres. Es interesante anotar que Stephenson y Gerard, no escatimaron recursos en los jóvenes Montealegre. La casa Lauderdale en Highgate donde fueron internados, por ejemplo, fue descrita por John Wesley, el fundador de la Iglesia Metodista, como “el internado más lujoso en Inglaterra ”. Entre 1812 y 1837 fue casualmente el período en que la casa funcionó como una escuela para caballeros.
Nada más para redondear el tema diremos que esta casa fue construida originalmente en el Siglo XVI, reconstruida completamente en 1645 por el Segundo Conde de Lauderdale. Luego el Rey Carlos II de Inglaterra la utilizó como casa de verano para su concubina Nell Gwynne. A partir del siglo XVIII es que empieza a funcionar como internado y hoy en día, sigue en pie, como un Centro de Artes.
Más tarde don José María inicia sus estudios de cirugía, mientras que su hermano Mariano escoge la carrera de ingeniería. Parece que juntos fundaron una sociedad comercial mientras estuvieron en el extranjero, ya que tenemos evidencia de por lo menos una compra efectuada por esta compañía en 1830; se trata de una suscripción para la compra de una novela: ‘The Castle of Tynemouth. A Tale’ por Jane Harvey. Don José María se gradúa y regresa a Costa Rica alrededor de 1838, poco después que su
hermano Mariano.
En 1840 se incorporó a la incipiente Facultad de Medicina de Costa Rica y se dedicó a la
atención de sus fincas de café situadas en Pavas y Tibás.
Don José María formó parte de la primera Junta de Caridad que se estableció para la
administración del Hospital San Juan de Dios, la misma se integró el 29 de setiembre de 1845.
El Dr. Álvaro Montealegre Mata se ha interesado por estudiar la formación académica de
don José María; incluso viajó a Edimburgo y consiguió datos del propio archivo del Colegio Real de Cirujanos; sus averiguaciones las ha expuesto en un par de interesantes artículos publicados por la Revista del Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica. De estas notas preparamos el siguiente resumen:
El joven Montealegre cursó sus primeros estudios en Londres y posteriormente se
trasladó a Escocia. Aparece en los archivos del Marischal College de la Universidad de
Aberdeen, Escocia, como estudiante "bajan, semi y tertian" de medicina (primer,
segundo y tercer años respectivamente) de 1831 a 1834. El curriculum médico de esta
antigua escuela que data de 1595, incluía: medicina, química, anatomía, cirugía,
fisiología, botánica, materia médica y atención de partos.
Al concluir su preparación en Aberdeen, don José María visitó Costa Rica por corto
tiempo y luego se trasladó de nuevo a Edimburgo donde continuó con sus estudios.
En la época era práctica común que los jóvenes estudiantes utilizaran el Colegio Real
de Cirujanos de Edimburgo para obtener la licencia, ya que lo mismo en las
universidades era mucho más onerososo.
Esta licencia consistía en una capacitación médica básica que autorizaba la práctica de
la medicina y la cirugía en todo el Reino Unido y sus colonias.
Duránte la primera mitad del siglo XIX, después de obtener la Licencia en Cirugía, los
médicos en Escocia tenían dos posibilidades profesionales: a) continuar estudios
universitarios en medicina pura con el fin de obtener el título de "Physician", o b) aspirar a convertirse en "Fellow" del Colegio Real de Cirujanos, para cuyo fin debían
practicar al lado de un "Fellow" del Colegio y luego someterse a los exámenes de
incorporación del caso. Aparte de estas dos posibilidades, no existían licenciaturas, ni
especializaciones, ni otros títulos médicos.
José María Montealegre recibió su licencia de cirujano en el Colegio Real de Cirujanos
el 22 de febrero de 1837, tras presentar y aprobar exámenes en anatomía, farmacia y
cirugía; con lo cual regresó a su patria.
El Dr. José María Montealegre probablemente regresó a Costa Rica al año siguiente y
en esa ocasión el jefe de Estado, don Braulio Carrillo, "colmó al joven médico de
distinguidas consideraciones y lo felicitó por el dichoso término de su viaje y por los
lauros científicos que había conquistado" (Iglesias, Francisco Ma.1887). El Dr.
Montealegre pronto inició su práctica en la pobre y rural San José en un momento en el
que hacía falta personal médico en el país. Pocos datos tenemos sobre su actividad
como cirujano, pero sabemos que Durante el gobierno de don Francisco Morazán
prestó servicios en el Hospital y Cementerio.
Debemos añadir que oficialmente se le nombró como Cirujano del Ejército en el Gobierno
de Morazán, tal y como consta en la Nómina del Estado Mayor del Ejército de agosto de 1842.
La historiadora Clotilde Obregón, además, nos indica que efectivamente “importó algunas
medicinas por Matina, pero ejerció poco su profesión.” Otro dato muy interesante que, según nos cuenta don Jorge Sáenz Carbonell, recién apareció publicado en la obra ‘Braulio Carrillo, el Estadista, de José Hilario Villalobos y otros, dice que: el 13 de julio de 1841 el Gobierno decidió entregar al joven Demetrio Iglesias, hijo del finado Joaquín de Iglesias, al Dr. José María Montealegre, "para que le enseñe los principios de botánica y a manejar boticas; sin perjuicio de cursar las clases, según su capacidad". De reciente aparición también es la obra de Eugenia Rodríguez Sáenz, ‘Hijas, novias y esposas’, donde aparece don José María ejerciendo su profesión y sirviendo como testigo en un proceso judicial, en 1850, de agresión familiar, cuando declara que la víctima “…Esmeralda Carrillo tiene un cardenal en la órbita del ojo derecho, cuyo cardenal es producido por un golpe dado en esta parte…” Por esta época también brindaba consultas en sociedad con el Dr. Víctor Castella. El Dr. Montealegre y el Dr. Andrés Sáenz fueron los médicos de cabecera de Monseñor Anselmo Llorente, y
como tales les correspondió firmar su certificado de defunción el 22 de setiembre de 1871.
Pero sigamos con los apuntes de don Álvaro Montealegre:
En setiembre de 1848, "El Costarricense, Semanario Oficial" da cuenta que. "El Dr.
Montealegre ha ensallado entre nosotros las virtudes del cloroformo en una mujer mui
nerviosa, a quien pudo sacar una muela sin ningún sufrimiento de la paciente, mediante
la aplicación a la boca y nariz de un pañuelo en que se echaron 6 gotas de la
composición".
Nos explica don Álvaro explicando que:esto sucedió, en la pobre y atrasada San José, a sólo 2 años de la primera experiencia anestésica con éter realizada por el Dr. William Morton en el Hospital General de Massachusetts, y un año después en que por primera vez se utilizara el chloroformo con iguales propósitos por el médico escocés James Simpson. Posiblemente gracias a las características físicas del chloroformo de tener un punto de ebullición alto y no ser inflamable permitiendo su almacenamiento en climas y ambientes cálidos, fue que se hizo posible su importación de Gran Bretaña.
En 1852 se le encomendó proveer de medicinas a las provincias con motivo de la peste
de la viruela de ese año y conocemos que mantuvo alguna actividad comercial en el
ramo de la farmacia. Años después ya radicado en La Misión de San José, California,
practicó la cirugía con éxito y "supo conquistar gran clientela". (M.Soto Hall. C.R.
Siglo XIX pp 276, 1902).
En la historia de Costa Rica existen varias parejas de personajes que generan versiones
encontradas, pues algunos los admiran mientras que otros los repudian, este es el caso de Carrillo y Morazán, o de Figueres y Calderón, en épocas más recientes, así sucede también con Mora y Montealegre. Si bien nuestro propósito no es defender a ninguno sí encontramos importante tratar de ser objetivos, por esta razón encontramos importante referirnos a las palabras del señor Raúl Francisco Arias Sánchez, quien en su libro ‘Del Protomedicato al Colegio de Médicos y Cirujanos’ deja muy mal parado a don José María.
En primer lugar dice el Lic. Arias que “la hipótesis central y columna vertebral de la Tesis
[de don Carlos Meléndez] era demostrar que José María Montealegre fue el primer
costarricense que se graduó como doctor en Medicina en Europa ”. Diferimos de esta
apreciación, pues el trabajo de don Carlos Meléndez es mucho más profundo y más versa sobre la transición entre los gobiernos de Mora y Montealegre que en este, que no pasa a ser más que una mera curiosidad que resalta don Carlos para evidenciar que Montealegre sobresalía de la norma costarricense en cuanto a educación y cultura. Indica don Raúl que don José María “trato siempre de ocultar su verdadera condición profesional” esto a raíz del hecho de que sus estudios culminaron con un título de Cirujano y no de Doctor en Medicina, sin embargo no hay evidencia alguna de que ocultara nada, lo que sucede es que simplemente no estuvo interesado en desarrollarse como médico, la realidad era que siendo el primogénito de una de las personas más ricas del país, tenía muchas otras cosas en que ocuparse además de
que no necesitaba necesariamente trabajar en su profesión para sobrevivir y para la sociedad local de hace más de siglo y medio, esa diferencia entre Doctor y Licenciado o Médico y Cirujano no era vital. Cita Arias a Robert Glagow Dunlop, pero de forma incompleta, las palabras subrayadas no las cita Arias, veamos:
“ En éste solo hay un profesional verdaderamente instruido, el señor Montealegre, que
estudió en la Universidad de Edimburgo; pero hay varios empíricos extranjeros, uno de
los cuales, un inglés, dice que perdió su diploma, infortunio muy común entre los
extranjeros que ejercen la medicina en Centro América. Montealegre es un hombre muy
bien educado y caballeroso, pero muy indolente, y demasiado acomodado para cuidarse
del ejercicio de su profesión en un país donde la pagarían tan mal”.
Estas líneas evidencian que el visitante, quien a lo mejor también era médico, pues aparece recetando a don José María Alfaro, no se dejaba guiar por lo que le decían sino que pedía pruebas y aún así no cuestionó los antecedentes y calidades de Montealegre. Pregunta don Raúl Arias el porqué don José María “nunca aplicó ninguna de las cosas
maravillosas que debió ver en Edimburgo”, el hecho que rectifica esta aseveración recién nos la dio el Dr. Álvaro Montealegre Mata cuando nos comentó de los primeros intentos de aplicar la anestesia en el país, casualmente a manos de don José María. Y como leeremos más bajo en palabras de don Cleto González Víquez, el curar enfermos le había generado buenos ingresos y reputación al Dr. Montealegre.
Finalmente el Lic. Arias cuestiona su falta de participación en la Guerra contra los
Filibusteros y sus años como Presidente de Costa Rica. Para la Campaña Nacional don José María acababa de enviudar y era padre de 13 hijos, lo que explica que no tuviera una participación activa en el frente de batalla, aunque sí se sabe que prestó valiosa ayuda al regreso de las tropas en la atención de la peste del cólera que se diseminó entre toda la población. Sus hermanos sí participaron activamente y su madre dio una generosa contribución, lo que también se trae abajo la creencia de que los Montealegre, como clan o familia, no veían con malos ojos a William Walker.
Sus años de gobierno se la encomendamos a don Cleto González Víquez y a don Francisco María Yglesias Llorente quienes líneas abajo nos ofrecen una descripción de su administración.
Aparte de estar casado con una hermana de don Juanito Mora, vemos como tuvo una
relación estrecha con el resto de su familia política, así alrededor de 1840 compró junto con don José Joaquín Mora Porras, un terreno en el potrero de las Pavas de 43 manzanas con un costo, en pesos, de 4300.4. Otro ejemplo es la sociedad Cañas y Montealegre, que estableció junto con su concuño don José María Cañas para la exportación de café.
El aporte de la familia Montealegre a las actividades culturales es un rica veta para algún
investigador, por ahora solo damos un pequeño dato que refleja como don José María, y la familia Montealegre en general, ayudaron a transformar el ambiente del país. Resulta que gracias al empeño del Presidente Mora, en diciembre de 1850 se pudo inaugurar un teatro en San José; un año después en diciembre de 1851 vino la compañía de teatro de don Mateo Fournier que revolucionó el ambiente cultural de la capital, que poco o nada tenía para entretenerse cultamente, sin embargo, este éxito despertó el recelo del clero que se enfrentó a este tipo de actividades porque eran un peligro para la moral y estimulaban las ideas antirreligiosas, por lo que lo que don Mateo Fournier pensó en dejar el país, pero fueron los Montealegre, junto con los Mora, los Carazo y otros quienes se reunieron para convencerlos de que se quedaran en el país. Finalmente la compañía se fue pero volvieron un par de veces más y por último se establecieron aquí, siendo los fundadores de la distinguida descendencia de la familia de este nombre.
Otro personaje que se estableció en Costa Rica por influencia de los Montealegre fue el
doctor James Hogan. El Dr. Hogan hacía el viaje desde California de regreso a su casa en Filadelfia a través de Centroamérica, que era más seguro y rápido que atravesar todo los Estados Unidos en esta época, a mediados de la década de 1850. En alguna etapa de su viaje el Dr. Hogan conoció al Dr. Montealegre quien le habló de las bondades de Costa Rica y de la escasez de médicos, augurándole un buen futuro en Costa Rica. Así se estableció en el país el Dr. Hogan, ayudando en la Campaña Nacional y luego como Director del Hospital San Juan de Dios. Contrajo matrimonio y dejó sucesión pero lamentablemente falleció muy joven.
Posteriormente, al ejercer la presidencia, parece que don José María contrató a Robert Ross de Canadá la construcción de varios coches y carruajes. Pocos años después de este encargo el señor Ross contrajo matrimonio y decidió volver a Costa Rica donde se estableció.
La residencia de la familia Montealegre Mora estaba ubicada en la calle del Carmen,
pero luego de enviudar, don Mariano decide vender la propiedad a don Francisco
Rohrmoser, es así como en 1856 se reubican a otra casa en la Calle del Cuño.
La vida y obra de don José María ha sido espléndidamente descrita en la obra de don
Carlos Meléndez Chaverri: ‘Dr. José Ma. Montealegre’ a la cual referimos a quienes
quieran adentrarse más en el tema, sin embargo,no podemos referirnos a este personaje dejando de lado su vida política, por lo que pidiendo disculpas por lo repetitivo que podamos ser, nos referiremos a este etapa de la vida de don José María, tomando como guía a don Cleto González Víquez, que a diferencia de la obra de don Carlos Meléndez, la suya no es tan accesible – increíblemente la de Meléndez ya es también una fuente de difícil consulta –.
Varias fueron las causas que provocaron el derrocamiento de don Juanito Mora, pero las
tres principales fueron su reelección para un tercer período; las desavenencias con la Iglesia que terminaron con la expulsión del Obispo Llorente y; disponer la subasta de los terrenos aledaños a San José aduciendo que eran terrenos públicos y desconociendo los derechos que sobre ellos habían tenido sus legítimos propietarios. La conmoción que causa esta medida fue la que aprovecharon los Coroneles Lorenzo Salazar y Máximo Blanco, quienes comandaban los dos Cuarteles de San José, para desconocer al gobierno y colocar como Presidente provisional a don José María Montealegre. Al aceptar el cargo el Dr. Montealegre publicó la siguiente proclama:
El Presidente Provisorio de Costa Rica, á sus Habitantes
Conciudadanos:
Un movimiento espontáneo de la nación me ha llamado á regir sus destinos
temporalmente, y yo al hacer el sacrificio de mi vida privada, cumpliré la alta misión
que se me encarga, dando al país instituciones liberales que hermanadas con el orden y
la paz, le conduzcan al progreso á que está llamado.
Demos gracias al Todopoderoso porque se ha dignado cambiar nuestra situación sin
violencia, sin que se haya derramado una sola gota de sangre, sin que se haya ardido
una sola ceba de fusil.
Preciso es reconocer los importantes servicios y dar las más expresivas muestras de
gratitud á los valientes y honrados militares, muy particularmente á los heroicos jefes
don Lorenzo Salazar y don Máximo Blanco.
La felicidad pública, la libertad ordenada y el progreso, serán la recompensa de vuestro
conciudadano y amigo,
José María Montealegre
Palacio Nacional
San José, Agosto 14 de 1859.
Don José María es electo popularmente como Diputado suplente por el Departamento de
Guanacaste en 1845. Por tres legislaturas ocupó este cargo. Esta había sido su única aparición en la política nacional, y así es como empezamos con las palabras de don Cleto:El Dr. Montealegre no había aparecido antes en la política, de modo destacado, aunque en su sangre había el virus de esa avasalladora dolencia, a un tiempo hereditaria y contagiosa. Su padre, de origen nicaragüense, anduvo mezclado en las andanzas de los primeros años de la Costa Rica independiente, no obstante que en esencia era un empleado de administración y un hombre de negocios; y los Fernández (de quienes descendía por línea materna) en todas sus ramas han salido y suelen padecer ese mal. Antes de escalar el poder, empujado por los maesepedros de la época, no se había ocupado más que de curar enfermos y de plantar y cultivar café, ambas cosas con éxito halagador y en que ganó dinero y prestigio. Enviado
desde antes de ajustar sus doce años a tierra británica, allí cursó su educación secundaria, y adquirió en la famosa Universidad de Edimburgo su diploma de médica y cirujano, respirando aires de verdadera libertad y habituándose a contemplar gobiernos ordenados y constructivos, al revés de los profesionales que nos llegaron más tarde, educados en Guatemala y León, en donde al lado de los pobres estudios, recibían malos ejemplos en cuanto a gobierno y vida pública.
Volvió Montealegre a su aldea natal (así debió considerarla, no obstante su rango de capital, después de residir y moverse largo tiempo en poblaciones de suma riqueza y alta cultura) y volvió hecho ya un hombre y más que todo, hecho un inglés por dentro. A poco perdió a su padre, y como hijo mayor tuvo que hacer de jefe de familia. Sus tareas domésticas y profesionales no le dejaban campo para entrar en las pequeñeces e intriguillas de las política, que seguramente hubo de mirar con desdeñoso desinterés, al compararlas con las manifestaciones que había visto en Inglaterra y Escocia. La nostalgia de la civilización y del ambiente culto y de comodidades debió ser para el joven graduado motivo de sufrimiento y amargura, al hallarse trasplantado a un oscuro rincón en que, si bien cabía admirar el esplendor del sol tropical y las exuberantes y enmarañadas selvas llenas de color y prometedoras de fortuna, no hallaba por el momento más que rusticidad y pobreza.
Montealegre fue el primer costarricense que se graduó de médico y también el primer
médico que ascendió a la Presidencia. (…)
Con la intención de ser objetivos, aclaramos que no fue el primer médico costarricense, ya que antes estuvo don Pablo Alvarado Bonilla, aunque sí el primero venido de Europa,
ni estudió en Edimburgo, sino en Aberdeen, como vimos hace poco, tampoco ostentó el título de Doctor en Medicina sino el de Cirujano. Montealegre fue un político de ocasión, no de vocación. De carácter frío y reservado, de ánimo sereno y varonil, era hombre enérgico cuando el caso lo pedía; pero en general era apático para cuanto no le tocara de cerca. Comprendió que la política no estaba en su cuerda, y dejó hacer a quienes gozaban de su confianza, sin por eso dejar de vigilar la acción de estos. No estaba realmente preparado para el cargo: los estudios de su época no eran tan extensos y comprensivos como los de ahora, cuando todos vivimos vida de ciudadanos, cualquiera que sea la esfera de nuestras actividades; y comprendiendo su deficiencia en materias de gobierno y administrativas, consintió en ser guiado por sus amigos y familiares más diestros y más conocedores de esos asuntos, pero imprimiendo eso sí, a su administración, el sello liberal que le aconsejaba su educación inglesa. Su falta de ambición y el respeto a sus principios no le inspiraron el deseo de proseguir el mando; y concluido su período legal honradamente entregó el gobierno al sucesor escogido por sus conciudadanos, primer ejemplo de obediencia a la Constitución que presenciaba Costa Rica después de haberla regido don Juan Mora.
Con la diferencia de que Mora gobernó Durante dos períodos de cuatro años, y
Montealegre sólo Durante unos meses como jefe transitorio y Durante un período
constitucional de tres años, sin que, de acuerdo con la ley que él sancionó, pudiese ser
seguido de reelección.
Después de esta primera intervención de Montealegre en la política militante, en que se
prestó para combatir a Mora y a ejercer la Presidencia, no se mezcló en ella más que
para ayudar a derrocar a su colega y antiguo Ministro Jiménez en 1870. Guardia lo
hizo retirarse de la arena, y entonces, cediendo en parte a órdenes oficiales y en mucho
al deseo de vivir tranquilo en un país de garantías, se trasladó sin ánimo de regreso a
California. Allí se radicó, dedicado a su profesión y a labrar aquella fecunda tierra,
hasta su fallecimiento ocurrido 1887. En el cielo político de Costa Rica, Montealegre no fue un astro: apenas un meteoro; y cuando la muerte lo condujo a otra esfera, había olvidado a Costa Rica. Costa Rica también lo había olvidado a él. Olvido manifiestamente injusto el nuestro.
Montealegre no podía justificar el cuartelazo contra Mora, sino entrando de prisa y de
veras a establecer un régimen de ley y opinión, de severa economía y rigor estricto en la
Administración, pues las acusaciones que se lanzaron contra Mora, para derrocarlo,
fueron las de que gobernaba según su capricho, cuidándose nada o poco de lo que
estatuyesen las leyes; de que favorecía sus propios intereses y los de sus parientes y
favoritos; de que despilfarraba los dineros públicos, comprometía más allá de lo
prudente el Tesoro Nacional y mantenía el desorden en el manejo de las rentas. Llenos
están también los documentos oficiales posteriores al 14 de agosto de estas
recriminaciones. ¿Había verdad en tales cargos? Algo había de censurable ciertamente,
como acontece a todo gobierno que se prolonga demasiado y como tenía que acaecer
con un gobierno que sufrió tantos tropiezos y contratiempos, que llevó a Nicaragua dos
expediciones contra el filibustero, y cuyo jefe era un tanto desordenado aun para sus
propios asuntos y poseía una inmensa bondad y una lama generosa. Pero también,
como es natural, a su vez, los cargos se exageraron por sus enemigos, numerosos e
influyentes, para limpiarse de la culpa de la rebelión. El nuevo gobierno forzosamente
tenía que presentar y exhibir a Mora como un déspota y como un réprobo, sus faltas
como horrendos crímenes y aun los granos de anís como montañas. Eso era lo que
procedía por el instante; así como aprovechar todo circunstancia desfavorable al caído
para reaccionar contra él y conquistar voluntades y prosélitos. Desde luego para
congraciarse con el pueblo, religioso como pocos y para ganar y traer un sostén de
primera magnitud, revocó la orden de destierro del Obispo Llorente, con lo cual
halagaba en forma indecible a sus dos sobrinos (Volio e Iglesias), columnas fuertes del
movimiento contra Mora y del gobierno que vino a sustituirlo. Y en seguida, para
cumplir rápidamente su promesa de constituir al país cuanto antes, y sabiendo que con
los puestos de Diputados se calmarían ambiciones momentáneas y que con la reunión
de Diputados crecería y se haría más potente el alboroto que convenía fomentar contra
el gobernante desterrado, convocó una Asamblea Constituyente, que –no hay que
advertirlose compuso de individuos reconocidamente enemigos de Mora, entresacados
de los elementos más prestigiados del país que habían condenado la segunda reelección
de 1859.
Antes de proseguir se impone una aclaración respecto a las relaciones con la Iglesia, si
recordamos bien, nos parece que fue Monseñor Sanabria el que dijo que Montealegre fue amigo de la Iglesia, además de médico de cabecera del Obispo Llorente, pero no su gobierno, mientras que Mora se enemistó con Monseñor Llorente pero no su gobierno: la cita exacta no la encontramos pero por lo menos la idea la manifiesta Monseñor Sanabria en su trabajo sobre el Obispo Llorente cuando explica que los problemas entre Mora y el Obispo eran causa de una oposición personal, no de entidades” luego añade: “Los autores del movimiento del 14 de agosto se valieron del destierro del Obispo como de argumento contra Mora, es decir, se valieron de la persona del Prelado, no de la entidad por él representada, que nada había tenido que sufrir bajo el régimen de Mora. Sin embargo, estaría muy lejos de la realidad. Con el gobierno del Dr. Montealegre comienza un período en el que la persona del Obispo está cubierto de todo ataque personal por parte del Gobierno, pero la entidad, la Iglesia, debe enfrentarse ya a las ‘ideas nuevas’, en una palabra al liberalismo (…)”
La Constitución a que se refiere don Cleto fue sancionado el 27 de diciembre de 1859 por Montealegre y sus tres ministros don Jesús Jiménez, don Julián Volio y don Vicente Aguilar.
Nos continúa relatando don Cleto:
(…) el 13 de febrero dictó el Gobierno las providencias oportunas para la jura de la
Constitución por parte de los funcionarios, y el 21 llamó a elecciones. El 8 de abril se
practicaron las de segundo grado con mayor número de electores que antes, y resultó
electo Presidente el mismo doctor Montealegre por 365 votos de 435. (…)
El 22 de abril se instalaron las Cámaras; fueron nombrados designados don Francisco
Montealegre y don Vicente Aguilar; se eligió el personal de la Corte, con el Dr. Castro
como regente, y al tomar posesión Montealegre del cargo constitucional, indultó a
todos los detenidos por delitos políticos, exceptuando a los militares que hubiesen
delinquido estando en servicio. Y empezó en mayo el primer período constitucional.
(…)
El 26 de abril de 1861, sufrió el Gobierno de Montealegre una pérdida bien sensible
con el súbito fallecimiento del ministro Aguilar. (…) Fue mientras estuvo como ministro
de Montealegre, el hombre que por su talento y energía, se impuso en todo y se impuso
a todos.
En 1863 se celebraron las elecciones, en las que, dice prosigue el historiador González
Víquez relatando:
Todo el país apoyó la elección de Jiménez, siendo de advertirse que entre los electores
de San José se hallaban los Montealegre y los Generales Salazar y Blanco y entre los de
San José y provincias las personas de mayores prestigios y representación. Según se
cuenta, don Jesús fue candidato indicado por el partido de gobierno, de acuerdo con los
moristas. Estos no habrían alcanzado el triunfo compartido de oposición y
juiciosamente acogieron el nombre sugerido. Al señor Jiménez no le guardaban rencor
alguno, pues si bien fue Ministro de Montealegre en los primeros meses de la
Administración, renunció el puesto para ir a servir la Gobernación de Cartago y no
intervino en los sucesos de setiembre. Sus notorias condiciones de rectitud, probidad,
patriotismo e ilustración, por otra parte, se sobrepusieron a los reparos que algunos le oponían por la seriedad de su carácter.
Vemos así que el Dr. Montealegre, que tantos tropiezos tuvo y tantos quebrantos sufrió
en lo interior, primero por los movimientos repetidos y siniestros de sus enemigos, y
luego por la invasión de Mora y sus dolorosas consecuencias, logró al final de su
período apaciguar a los contrarios, salvo por supuesto a algunos familiares inmediatos
de los jefes fusilados en Puntarenas.
El Gobierno de don José María reconoció la gran obra de don Braulio Carrillo y en 1860 le concedió una pensión de 15 pesos mensuales a cada uno de los hijos Carrillo Carranza quienes habían quedado en una situación angustiante. Al único varón le donó terrenos baldíos por un monto de mil pesos; para las hijas asignó 4000 pesos para su dote.
Hablando de la política exterior durante el gobierno de Montealegre, nos cuenta don Cleto como las relaciones diplomáticas con El Salvador se deterioraron con los sucesos de setiembre de 1860, ya que Costa Rica conocía y recriminaba el apoyo salvadoreño a la intentona; lo cual la prensa salvadoreña, el Presidente Barrios y su Ministro de Relaciones Exteriores Irunguray rechazaban con declaraciones maliciosas que molestaron a al gobierno costarricense que las contestaba. Debemos recordar, sin embargo, que el General Cañas era salvadoreño y que en aquel país era apreciado, además de ser amigo de Barrios; pero tampoco podemos olvidar que
fue en El Salvador donde se embarcó Mora y su gente para su costosa aventura y; que pocos días antes de que partieran, el gobierno salvadoreño sospechosamente había solicitado a Costa Rica que le supliera algunas armas, alegando que Walker había desembarcado en Trujillo. Al dejar el mando el Dr. Montealegre se mostró satisfecho de su obra. “Lleno de temor y de zozobras –dijo en su Mensaje del 1º de mayo del 63acepté
el Poder que el pueblo me confió en una época crítica, difícil y angustiosa; en una época de conflictos políticos, descrédito público e intestinas divisiones. Con el auxilio de la Divina Providencia y con el apoyo que una gran parte de la Nación ha prestado, se ha
conseguido restaurar la tranquilidad perdida, consolidar el orden constitucional,
extinguir las fatales escisiones de ciegos partidos, restablecer el crédito de la
República, disminuir en más de una mitad la deuda nacional, aumentar la industria y la
riqueza pública e inspirar seguridad y confianza en el próspero porvenir de este país”.
Y para concluir, agrega: “Por lo que a mí toca, bajaré presto a confundirme con el
pueblo cuya confianza merecía y cuyos intereses me fueron siempre predilectos y
sagrados. Paz, orden, libertad, garantías y progresos fueron las palabras escritas en el
programa del 14 de agosto de 1859. La Nación juzgará si se ha cumplido este programa
y si ha sido o no defraudada en sus legítimas aspiraciones y en su más fervientes
esperanzas”.
Dos días después de efectuado el cambio de gobierno, los señores don Rafael y don José Santiago Ramírez propusieron al Senado la emisión de una ley en la cual la Nación
reconocida tributase a Montealegre un voto de gracias por los grandes e importantes
servicios que le prestó en el ejercicio del Poder Ejecutivo; y en que se ordenase que el
retrato de tan distinguido costarricense fuese colocado en el gabinete del Presidente de
la República. La Comisión (don Juan y don Ramón González y don Nicolás Ulloa), el 26 del mismo Mayo acogió el proyecto, y además de otros párrafos elogiosos dijo:
“Bajo la Administración del señor Montealegre se ha ensayado con el mejor éxito el
sistema republicano, que había adoptado en nombre, porque jamás habíamos
saboreado antes ninguna de sus dulces ventajas… Se afianzó la paz y la tranquilidad; se
fomentó nuestro comercio; se establecieron escuelas para generalizar la educación
primaria; se redujeron los impuestos; se disminuyó la deuda pública; se libró al país de
los cuantiosos reclamos internacionales que lo inquietaban; y lo que es más aún, cada
provincia y cada pueblo gozan hoy de perfecta independencia para dirigir sus asuntos
locales y para administrar sus propios bienes sin presión alguna…
…Así como la República ha sido severa para castigar a los que han abusado del Poder,
causándole males, está también con el deber de reconocer con alguna muestra de
gratitud los méritos de aquel gobernante que, venerando la Constitución y acatando las
leyes, la ha colmado de bienes y la ha colocado en la vía de una prosperidad continua.
Desmintamos, pues, a los monarquistas que, para desacreditar el sistema democrático,
proclaman que las Repúblicas son ingratas con sus buenos hijos y con sus mejores
servidores, y probemos que tenemos en una mano la espada que guarda nuestros
derechos y en la otra una corona para honrar a nuestros bienhechores”.
Como se ve, la Comisión del Senado despachó rápidamente su informe en términos
laudatorios para que el ciudadano que ya no estaba en el solio; pero el asunto durmió
algún tiempo en la Secretaría y no fue sino el 10 de Julio cuando se dio la aprobación.
La Cámara anduvo más solícita y el 24 confirmó el voto senatorial. El 28 el Ejecutivo
dio su pase y el homenaje quedó ley de la República. Ese homenaje que no tenía
precedente más que el de Mora Fernández y que no se ha repetido después en igualdad
de circunstancias, era sin lugar a dudas merecido. Montealegre, a no haber mediado la
tragedia de Puntarenas, sería uno de los gobernantes más dignos de ser recordados con
devoción y con cariño, aunque su llegada al mando, hablando en el lenguaje de un
rigorismo estricto, no fuese recomendable. Su gobierno, sin embargo, fue de renovación
y reforma. Montealegre carecía de brillantez y huyó del relumbrón y formas ostentosas
que en aquellos tiempos se usaron; pero fue un gobernante respetuoso de las
instituciones que contribuyó a modelar, fue progresista, severo en los gastos, piadoso
para los contribuyentes, y aunque no preparado para la función que desempeñaba, supo
rodearse bien y mantener una línea recta de liberalismo enérgico al par que tolerante. Ahora veamos otra perspectiva, menos objetiva tal vez, pero igual de interesante, la de don Francisco María Yglesias Llorente un partidario de don José María Montealegre y enemigo de don Juanito; que acompañó a don Francisco Montealegre como Comisario Civil a Puntarenas y quienes junto con el General Máximo Blanco determinaron el fusilamiento de Mora y Cañas; y quien, además, era sobrino del Obispo Llorente. Don Francisco María publicó a raíz de la muerte del Dr. Montealegre una Memoria Biográfica y Necrológica, el 4 de octubre de 1887 en el periódico La República, por eso no es de extrañar su exagerado elogio, aunque no decimos que inmerecido, y que consideramos importante porque nos descubre aspectos de la personalidad de don José María; en parte dice así:
La educación inglesa: la educación de aquel tiempo, aun mejor cultivada que hoy día,
imprimió en el Doctor Montealegre el sello de muchos de sus signos característicos.
Circunspecto, frío en apariencia y reservado, encerraba, no obstante, bajo esta exterior
coraza, una inteligencia clara y bien cultivada y un corazón sensible á todos los afectos
y capaz de todos los holocaustos.
Consagrado al culto y ejercicio de su profesión, en la cual obtuvo merecido renombre, y
cultivando los tranquilos y dulces afectos del hogar, vió deslizarse así una gran parte de
su pacífica existencia; y digo culto de su profesión, porque en ella supo mil veces practicar el santo ejercicio de la caridad y dar muchas pruebas de su amor al bien.
Ajeno á muchas de aquellas pasiones que con frecuencia arrastran a la juventud al
vórtice de la ruina moral, y extraño á las recias tempestades de la vida, en las cuales
tantas víctimas naufragan: ajeno igualmente á la política, esa vorágine implacable de la
cual rara vez salen ilesos la probidad y el verdadero patriotismo, vió pasar así, año tras
año, tranquilo y respetado, todas las peripecias de otros tiempos, y subir y caer y rodar
á muchos de aquellos que, ciegos ó inexpertos, patriotas probados o caudillos audaces
ó malvados, corren insanos tras la divinidad más traidora y veleidosa que hayan
adorado los idólatras mortales.
Mas el hombre impasible á la ambición y ajeno á los partidos y divisiones sociales: el
hombre que jamás había aspirado á ningún puesto político, ni lo había ejercido de
modo alguno, debía salir inesperadamente de su retraimiento y lanzarse á la arena
pública cuando se exigió de él el sacrificio de su reposo y el abandono de los tranquilos
goces que la llamada ‘aura popular’ destruye, aniquila y destroza.
¡Cuánta sorpresa y admiración causó generalmente, y aun á sus mejores amigos y á su
familia propia, el ver al modesto ciudadano, al hombre al parecer tímido y apático, al
médico que hasta entonces había ejercido su talento y facultades tan sólo en curar ó
aliviar las dolencias del cuerpo, aceptando firme, impertérrito y heroico, el arduo cargo
de ‘curar las heridas y los males de la patria!’
Aquí debe mi pluma suspender su curso y dejar á la historia imparcial el llenar las
blancas páginas que mi tinta deja: ella absolverá lo que absolverse deba; justificará lo
justificable y condenará los ineludibles errores á que las pasiones políticas exaltadas,
las circunstancias graves y excepcionales, la salud pública, y algunas veces la fatalidad,
arrastran.
Básteme sobre esto decir: que el Doctor Montealegre, al aceptar la tremenda
responsabilidad de los hechos consumados el 14 de Agosto de 1859, se puso á la altura
que demandaba tan crítica situación, y se mostró digno, dignísimo, de la confianza en él
depositada y de los deberes por él aceptados.
Firme, sereno y valeroso, reveló cualidades ocultas que apenas se sospechaban, ni por
un momento vaciló su varonil ánimo, y sin dejar su habitual aparente calma, afrontó la
crisis, aceptó de lleno sus consecuencias, llenó sus públicos compromisos y cumplió sus
patrióticas promesas y aspiraciones.
El pueblo satisfecho recompensó su noble conducta y sus nobles esfuerzos para salvar
al país de la anarquía, consolidar el nuevo orden de las cosas é inaugurar una era de
paz, de reformas y de genuino régimen constitucional; y en soberano y munífico
testimonio de confianza y de aprobación, lo elevó al dosel presidencial que dignamente
ocupó bajo los auspicios de la mejor y más liberal Constitución que ha regido en
nuestra patria. Espléndido y solemne testimonio de su cordura, de su táctica política, de su leal patriotismo, de su probidad acentrada, de su amor á las instituciones liberales y de su respeto y sujeción á los preceptos constitutivos, fueron sus actos Duránte los cuatro años que funcionó como Presidente de la República. Véanse las leyes, decretos,
órdenes, resoluciones, reglamentos y demás actos gubernamentales: véanse las
publicaciones de aquel tiempo, examínese todo con ánimo despreocupado é imparcial y
júzguese la verdad. Á este propósito dire aquí lo que en otra época estampé: Facta
loquuntur.
Y si á este cuadro se agrega la penuria y angustiosa situación del Tesoro público: la
absoluta decandencia del crédito nacional: la crecida deuda interior de cerca de un
millón de pesos: las reclamaciones extranjeras por ingentes sumas, y sobre algunas de
las cuales había presión y exigencias injustificables: compromisos pendientes de todo
género: conspiraciones constantes: frecuentes asonadas, y un cúmulo de conflictos y
dificultades, se comprenderá lo arduo, difícil, comprometido y angustioso de aquel
período y de aquella Administración excepcional. Fuerzas hercúleas y virtud catoniana
necesitaron el Dr. Montealegre y las personas que lo sostenían y rodeaban, para no
sucumbir y para llevar á feliz término y consolidar el programa de renacimiento
político que se había inaugurado.
Y este programa fué nobilísima y patrióticamente consumado el glorioso día en que el
probo, sencillo y ejemplar gobernante, fiel y sincero ejecutor de los mandatos de la
Constitución que había jurado cumplir y que republicanamente cumplió, depositó el
poder que los pueblos le habían confiado, en manos de su dignísimo sucesor. Y llamo
glorioso ese día fausto porque gloria y grande fué para el Doctor Montealegre y para
sus cooperadores en el gobierno, el dar un patético y solemne ejemplo de la sinceridad
de sus propósitos, de la lealtad de sus promesas, de su respeto á la ley y de su constante anhelo de asentar firmemente un régimen estrictamente constitucional; pues, más ó menos irregulares ó inconstitucionales habían sido los gobiernos de los últimos
veinticuatro años, desde el 27 de Mayo de 1837 hasta el año de 1860.
Si el Doctor Montealegre se había exhibido tal y como era en realidad el 14 de Agosto
de 1859, en que asumió el poder discrecional, arrostrando impávido un puesto que bien
pudo haberse convertido en un patíbulo, si el movimiento regenerador hubiera
fracasado; y si cuando su provisional posición quedó regularizada por el voto
constitucional de los pueblos, fué digno de aplauso y de admiración, mucho más lo fué
en el histórico día en que bajó del Poder llevando sus manos limpias, su conciencia
tranquila, su frente serena; rodeado de la aureola que hoy rodea también su túmulo y su
memoria: aureola fúlgida y constante, y no letal, pálida ó fugaz como la engendrada
por fosfóricas emanaciones, producto de materias putrefactas.”
Don Francisco Montero Barrantes, en su obra ‘Elementos de Historia de Costa Rica’,
publicada en 1894 y de donde hemos extraído las palabras del señor Yglesias, dice al respecto: “ La administración Montealegre se distinguió únicamente por haber tratado de abrir una carretera al Atlántico, obra que no pudo ser ejecutada por su propia magnitud y
por la pobreza del país: por haber logrado reducir á poco más de $25,000 la cifra
colosal de $2.539,59386cs. que reclamaban varios individuos y compañías, de resultas
de guerra contra el filibusterismo: por haber dictado nuevas ordenanzas municipales y
de aduanas: por haber, en fin, cumplido con el precepto constitucional de resignar el
Poder al concluir el período de ley.
Este último hecho no reviste, sin embargo, toda la trascendencia é interés que el señor
Iglesias quiere atribuirle. Cumplir con una obligación sagrada no apareja méritos
jamás para el individuo ó la colectividad. En cambio, si se elude ese cumplimiento por
causas injustificables y acaso criminales, la posteridad, juez inflexible y justiciero,
condena á la infamia y marca con indeleble estigma el nombre del usurpador.”
Dos pequeños datos sueltos que nos parecen de interés añadir son que en su gobierno, por Decreto Ejecutivo del 9 de setiembre de 1862, se ordenó por primera vez en Costa Rica, la impresión de estampillas de correo. También debemos apuntar que al morir don Vicente Aguilar en abril de 1861, que ocupaba el cargo de Secretario de Hacienda y Guerra, lo sustituye don Manuel Carazo.
En los años siguientes don José María se mantuvo ocupado en el Congreso, fue Presidente de la Cámara en 1863 y 1865; Presidente del Senado en 1863, 1865, 1866 y 1867; además , Primer Designado de 1867 a 1868. Sus hermanos Mariano y Francisco también ocuparon algunos cargos y una actitud protagónica en el mundo político. Fuera del Congreso también tuvo que hacer, pues además de su profesión y sus negocios, en los cuales destaca que en 1864 se incorpora como socio del Banco Anglo Costarricense; estuvo detrás del golpe que quitó a José María Castro y colocó por segunda vez a don Jesús Jiménez y luego en el que, el mismo llamó de “chiripa tirada ” en que quitó a éste para poner a su cuñado don Bruno Carranza. Lo que no se previó en esta última oportunidad, en la que ya el General Blanco no los acompañó por razones de salud, fue que entregar todo el poder militar a un hombre “audaz, ambicioso y astuto, equivalía a echarse un amo.” Fue así como entró, el entonces Coronel, Tomás Guardia en la corriente política nacional, tal y como veremos de inmediato. En abril de 1872 emigró junto con toda su familia a California, Estados Unidos. Las razones no están muy claras, pero giran alrededor de la figura de don Tomás Guardia posiblemente la familia meditó algún tiempo sobre la conveniencia de tan drástica determinación y vemos como tomaron algunas previsiones, por ejemplo don José María, entre el 31 de enero de 1869 y el 29 de marzo de 1869 casa a cuatro de sus diez hijos.
La familia Montealegre representaba a la oligarquía del momento, ellos estaban descontentos con el gobierno de don Jesús Jiménez y habían decidido derrocarlo, para lo cual llamaron a un joven oficial para que ejecutara la acción, este fue don Tomás Guardia. El golpe de estado se dio, en una de las acciones más pintorescas de nuestra historia, el 27 de abril de 1870, cuando don Tomás y su gente toman el Cuartel de Artillería de San José, escondidos en dos carretas y tomando desprevenidos a los centinelas. Don José María Montealegre, su hijo Manuel y su hermano Mariano, son miembros de la Asamblea Pública que se reunió ese día, en la cual, entre otras acciones, se abolió la constitución vigente, se desconoció al gobierno de don Jesús Jiménez, desconoció o derogó todas las resoluciones aprobadas por el poder legislativo.
Duránte este último gobierno,garantizaba la vida y la propiedad de los habitantes del país y designó como presidente provisorio a don Bruno Carranza Ramírez, cuñado de los Montealegre. Con lo que no contaron fue con las ambiciones de don Tomás Guardia, quien no solo tomó las riendas militares del país, para lo que había sido llamadosino que tomó el control absoluto, y desde el principio hubo diferencias con las decisiones del gobierno provisorio y el grupo que lo llevó al poder. Don Bruno, enfrentado con la realidad renunció a su cargo en agosto de ese mismo año, designando la Asamblea como nuevo Presidente provisorio a don Tomás, con lo que la familia Montealegre perdía buena parte de su control político y le es mejor apartarse del territorio nacional.
José María MONTEALEGRE FERNÁNDEZ y Ana María MORA PORRAS contrajeron
matrimonio en abril de 1840. Ana María MORA PORRAS (hija de Camilo MORA
ALVARADO y Ana Benita PORRAS ULLOA, nació el 19 de marzo de 1819 en San José,
Costa Rica. Murió el 4 de octubre de 1854. Hermana de don Juanito Mora Porras quien
moriría fusilado en el gobierno de don José María el 30 de setiembre de 1860, pero fijémonos bien, casi 6 años después de haber enviudado don José María.
De ella sabemos poco, pero la encontramos dentro del grupo de las señoras que colaboró económicamente para la construcción del puente sobre el Río Jesús María, tarea emprendida entre 1844 y 1845 por la Sociedad Económica Itineraria de Costa Rica, con el fin de mejorar el transporte de mercancías al puerto del Pacífico.